JAIME SABINES, ACTOS DE AMOR Y VIDA
Y ALGUNOS RECUERDOS SOBRE EL POETA
Primera parte
Por: Marisa Trejo Sirvent
Hay una serie de descubrimientos, de encuentros fortuitos, de momentos en que siempre nos hemos enfrentado con el hombre, con el poeta pero siempre con un ser humano. Visiones o imágenes que nos acompañan a través del tiempo que rescatamos para este gran Homenaje al poeta Jaime Sabines. Puentes y momentos de mi vida que me llenan de nostalgia pero también de gusto porque al traerlos a la mente, vuelvo a vivirlos como si hubieran ocurrido el día de ayer. Poco a poco se vienen los recuerdos. Hay una ciudad con nambimbos, más bien un pueblo grande con rocola en el parque, quinceañeras que sueñan en sus bancas, niños boleros y muchos laureles, una iglesia donde murió Joaquín Miguel Gutiérrez y su Callejón del Sacrificio. La nana me lleva a misa. Pasamos por el Ateneo cerrado por ser domingo, un edificio que parecía un templo, al lado de la catedral. Me da cierto miedo cuando mi nana me dice que ahí sólo hay hombres raros. En ese Ateneo sesionaban Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Eliseo Mellanes, Miguel Álvarez del Toro, Ándrés Fábregas Roca, Fernando Castañón y tantos otros que transformaron la cultura en Chiapas.
Surge el recuerdo de la Tía Chofi, esa viejita de chonguito levantado hacia el cielo que llegó a ver mi madre varias veces veces en Tuxtla y Berriozabal, con su falda larga y su mirada seria como si fuera a misa, con su sombrilla y su leyenda a cuestas. La veía pasar desde el balcón de la vieja casona de mis abuelos situada atrás de catedral. Decía mi madre: mis ojos de niña buscaban los suyos, pero ella observaba la calle o la banqueta como si se concentrara en su destino. Hoy descansa en el panteón de Berriozabal con una tumba remodelada y la visita de muchas personas a las que les atrae la figura de esta mujer que inspiró aquel célebre poema.
Siempre que se habla de Jaime Sabines se hace alusión a los orígenes libaneses de su padre. Hoy me gustaría hablar con ustedes, del lado chiapaneco y de sus antecesores. Puentes que nos van uniendo, en principio, por lazos familiares, por parte de mi madre y su tatarabuelo, también tatarabuelo del poeta, un español de Santander que llegó a Chiapas en 1783, a finales del Siglo XVIII, luego de catorce días de viaje desde la entonces Espíritu Santo, ahora Coatzacoalcos, después de atravesar el océano Atlántico. Su nombre era Miguel Antonio Gutiérrez del Arroyo y Alonso y tenía treinta y cuatro años. San Marcos Tuxtla tendría apenas 3,580 habitantes de los cuales casi tres mil eran indígenas. Luego de cinco años de trabajo con los pocos recursos que había traído, dedicándose a la venta de cacao y toda clase de cereales para revenderlos, pudo reunir una buena cantidad de dinero para comprar la finca “Don Rodrigo”, hoy Berriozabal (el casco se conserva semiabandonado y es una pena que no haya sido utilizado para ser un museo de Jaime Sabines y por lo cual nos atrevemos a hacer una propuesta el Gobierno del Estado para recuperar ese inmueble), donde se dedicó también a la cría de ganado, aparte de continuar con su tienda de abarrotes en Tuxtla. Fundó así el Rancho Don Rodrigo. Miguel Antonio tuvo varios hijos y uno de ellos fue el bisabuelo de Jaime Sabines. Entre los hijos de Miguel Antonio, el segundo fue Don Joaquín Miguel Gutiérrez 1796-1838), tío abuelo de doña Luz, según la entrevista hecha al poeta por Hernán Becerra Pino y abuelo de doña Luz, según Carla Zarebska. Joaquín Miguel Gutiérrez, héroe de Chiapas sacrificado cobardemente por el partido clerical y conservador, que luchó por la ideología federalista, fue caudillo de la independencia, antiesclavista, defensor de la democracia, respetuoso del indígena y de los derechos de pueblo e incluso, precursor de la reforma. Quizás por eso, un indígena conmovido en llanto fue el que prestó su cotón para cubrir su cadáver desnudo después de ser arrastrado por sus enemigos y traidores. Mi abuela vivió en Berriozabal de niña, y cuando mis abuelos se retiraron luego de atender su tienda de Tuxtla durante cuarenta años, se fueron ahí, así que mi vida ha estado marcada siempre por ese pueblo al que regreso cada fin de semana porque ahora viven también mis padres ahí y desde 1985 he vivido por temporadas también yo. Las historias que relataba mi abuela sobre ese rancho y sobre su bisabuelo giran en mi mente continuamente .y a veces ya no sé si son historia o leyenda, pero lo que sí tengo cierto es el orgullo de venir de una familia así. Muchas veces hemos ido a ver el casco de la hacienda que tiene todavía algunos detalles coloniales. El tatarabuelo de don Jaime Sabines se casó con una señorita de sociedad, de nombre Rita Quiteria Canales, hija de un catalán, José Canales y de Josefa Espinosa, mitad criolla y mitad mestiza. Por parte de mi abuela paterna también tengo nexos con los Gutiérrez pues un día me confesó que su apellido podría haber sido Gutiérrez y no Zambrano, por esos azahares de la vida que ni los mayores saben explicar.
Otros momentos que se comentaban en pláticas de sobremesa. Mi madre relataba como mi tía Margot, quizás de unos doce o trece años, pedía permiso de ir a la Lomita a llevar a mi madre a jugar papalote, donde vivía un Jaime Sabines adolescente, guapísimo, para encontrarse con él. Mi madre, una chiquilla entonces, jugaba papalotes mientras que Jaime echaba novio con la tía Margot, noviazgo de juventud que no pasó a más. Alguna vez dijo que fue la época más feliz de su vida porque sembraba y se sentía en el campo. Tuxtla era un “mundo muy tranquilo, sin violencia, nuestra ciudad estaba llena de luz y de paz. Un pueblo generoso con costumbres extraordinarias que ya no se ven”, según sus propias palabras.
Mi familia vivió siempre muy cerca del mercado, primeramente enfrente al mercado viejo, al lado de la cantina “El perico” donde tuvieron su primera tienda de abarrotes y luego sobre la 2ª. Oriente, a tres cuadras del mercado nuevo. Recuerdo que pasaba con mi madre por su tienda “El modelo” que lo veía despachar tela o parado afuera de su tienda, cuando yo era apenas una niña muy pequeña, quizás de tres años. Dice mi madre que me impresionaba cuando lo veía, por sus ojos verdes, sus cejas, su delgadez o su mirada. Yo no sabía quién era pero me impresionaba. Parecía que era alguien muy diferente a todos los demás. Mi madre, María Luisa Sirvent Rincón era muy tímida y nunca platicaba con él y mucho menos le comentaba que por parte de su madre, eran familia.
Don Jaime Sabines llegó también a visitar mi casa, como amigo de mi padre, Carlos Trejo Zambrano, y a asistir a algunos de sus cumpleaños o reuniones de familia, y tomaba en esa época, café con piquete. Mi madre recuerda que le ponía un termo de donde él se servía café y le agregaba brandy en lugar de tomarlo con coca cola o agua mineral como se estilaba en esa época. Mi hermana y yo éramos muy pequeñas y no lo identificábamos como poeta. Todavía no grababa aquel disco con sus poemas en “Voz viva de México” que luego escucharíamos casi todos días, aprendiéndonos sus poemas y soñando también nosotras, en convertirnos en poetas. Socorro y yo ya escribíamos desde los trece años y la lectura de su obra fue determinante porque nos llegaba más que la de otros poetas, aunque ya habíamos leído a Vallejo, Darío, Neruda, García Lorca, Edgar Allan Poe y muchas novelas clásicas. Fue gracias a mi padre que tiene todos sus poemarios, desde los primeros, que tuvimos el feliz acceso a sus libros, considerados muchos años inencontrables y marginales. Esos libros siempre fueron leídos una y otra vez, en familia, con los amigos, en recitales y en la intimidad de los libros que se tienen siempre en el buró.
Otros momentos especiales con Jaime Sabines, los viví una noche en que me encontré con Raúl Garduño en el parque y me invitó a una fiesta. Como mi padre me prohibía su amistad, por ser yo muy joven y Raúl muy bohemio, no pedí permiso sino que me fui de pinta. La reunión de poetas e intelectuales se dio cita en la 2ª. sur con el callejón oriente. Llegué con Raúl que me esperaba en esa esquina y fue la primera vez que pude platicar con Jaime Sabines. Yo era una joven de 19 años y apenas comenzaba a tallerear mis poemas con Raúl Garduño. La casa donde se hacía la reunión estaba en una zona popular a una cuadra del mercado de Tuxtla Gutiérrez. Don Jaime Sabines sentado en un sillón individual. De cada lado, una linda muchacha, admiradoras que estaban encantadas de conocer al poeta. El platicó toda la noche como él sabía hacerlo, sobre la poesía, mientras en la reunión los asistentes charlaban con él, echaban trago al por mayor, se leían poesías y se hacían preguntas a don Jaime que era considerado siempre como una autoridad en materia poética por los intelectuales ahí reunidos. El contestaba como si estuviera diciendo un poema y su trato era amable pero no fácil porque había que estar a la altura de lo que hablaba, aunque sí era un hombre muy sencillo, dulce, pero inteligente. Me impresionó en esa ocasión, como siempre lo haría a través de mi vida, que no tenía ningún reparo por expresar libremente su parecer, además de la profundidad de sus pensamientos y la claridad con la que los expresaba. Nunca terminaré de agradecerle a Raúl Garduño que él haya sido quien me presentó a don Jaime, aunque yo ya lo conocía desde pequeña pero él no me recordaba o no me identificaba como poeta. Fue la primera vez que pude decirle que escribía poesía y leer algún pequeño poema que me acababa de publicar Raúl en la revista de la Universidad Autónoma de Chiapas, “Divulgación Literaria”. Yo era apenas una jovencita y hablar con él fue para mí una experiencia que marcó mi vida ya que definió de una vez por todas, mi interés hacia la literatura, pues aunque ya escribía desde los trece años, no tenía muy definido si realmente me quería dedicar a este oficio o si sólo era una afición de juventud como la tienen muchos que escriben movidos por los enamoramientos, por los noviazgos pasajeros tan comunes a esa edad.
Luego lo vería una vez más en otra reunión similar pero en San Cristóbal de las Casas, en compañía de Raúl Garduño, Joaquín Vásquez Aguilar, Ambar Past, Pancho Alvarez y algunos otros intelectuales de San Cristóbal. El ambiente era un poco más bohemio, con algo de hippismo que nos hacía sentir una mayor sensación de libertad y nos daba la impresión de vivir algo mágico. La casa donde se llevó a cabo, de manera informal porque fue casual, era una casona tipo colonial que nos hacía remontar a otra época. En esta reunión alguien cantaba y luego se leían poemas. Fueron momentos muy agradables de convivencia con el poeta, o mejor dicho, con los poetas, todos queridos, todos magníficos. No sé si ellos recuerden esta reunión pero en mi mente si permanece clara y verdadera su voz declamando algún poema que le pedíamos dijera, sus palabras y su personalidad impactante que era difícil pasar por alto. Las horas pasaron hasta la madrugada, con mucho frío, pero al calor de las ideas y el gusto por la poesía en lo que fue una maravillosa velada.
Posteriormente, Don Jaime se hizo muy amigo de mi hermana con quien sostenía largas conversaciones telefónicas. Yo trataba siempre de escuchar por el otro teléfono sin atreverme a interrumpir, más que al final para saludarlo rápidamente. Lo que yo quería era escucharlo. Socorro lo había conocido cuando ella trabajaba con Enoch Cancino Casahonda y con Alberto Garzón en la Secretaría de Gobierno. Su hermano Juan era en ese entonces gobernador. Nuestra amistad se estrechó aún más a partir de que se le nombró jurado de un concurso porque varios amigos en común, Violeta Pinto, Margarita Becerra Pino, Roberto Ovilla Martínez, Octavio Sirvent y mi hermana Socorro tenían un grupo cultural llamado “En busca de la silueta de la sombra”. Don Jaime dijo que sería jurado pero si le cambiaban el nombre a la dichosa asociación por el de Romualdo Moguel, un periodista singular, especie de Quijote, que tuvo la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, y así se hizo, se le cambió el nombre, ya que era la condición que había dado el poeta para aceptar ser jurado. Muchos años después Socorro le haría una entrevista que se filmó y que posiblemente tengan en canal 22 o en el 11. Ella llegó a visitarlo también varias veces cuando estaba enfermo. En una ocasión que le llamamos para agradecerle un libro, Socorro me dijo que le había contado que lo habían vuelto a operar con onceava vez. Ese día escribí el poema “Con mi propia sombra” que se lo dediqué a él y se lo envié por carta. Siempre fue muy sencillo, generoso, agradecido y detallista. También lo habíamos visto en el Homenaje que se le hiciera en el Polyforum de Tuxtla Gutiérrez y en otros eventos públicos. Lo vi también en Yuria para una entrevista que le hiciera mi querido amigo Juanito Balboa, a donde lo acompañamos mi esposo, José Luis Ruiz Abreu y yo, rodeado de pinos, en el paisaje que él le encantaba.
El nombre de Jaime Sabines nos ha acompañado también en los diversos homenajes, encuentros, pequeñas antologías, artículos en suplementos culturales y recitales que le hemos dedicado Socorro y yo desde 1985, y que hemos organizado, año con año, en Chiapas. Uno de los más lindos fue el 1er. Encuentro Internacional del año 2006 por el ochenta aniversario de su nacimiento donde participaron ciento veinte poetas, entre los cuales estuvieron muchos chiapanecos y alrededor de sesenta poetas nacionales e internacionales. El cariño que todavía sentimos por él se mantiene vivo a pesar de que ha pasado una década desde su fallecimiento.
Vino del mar y de la tierra, del viento que sopla fuerte en la montaña, del génesis y los episodios bíblicos, del Cantar de los Cantares; de los poetas griegos; los poetas sufíes y persas, de Antar, el Mío Cid de la literatura árabe, de los cuentos de Las Mil y una Noches contados por el Mayor Sabines; de los más claros vertientes de Neruda, García Lorca y de Alberti; viene de los Gutiérrez y de los Moguel, amantes de la poesía; viene del ardor de la fiebre y del llanto verdadero, de los pasillos de los hospitales; de la “frescura del amanecer en el aire”; del Sabinal por el que reprobó un año de la escuela; viene también de la confianza que le dio Pedro Garfias cuando calificó a Tarumba como su primer gran poema; viene de su descubrimiento de lo que llamamos vida; de sus actos de amor, de su pasión por las mujeres, del amor mágico por María Asunsolo; de su mirada a una Pita Amor desnuda sobre una mesa; de verle el ángulo hermoso hasta la mujer más fea; del gusto de doña Luz de tener a un hijo poeta y a la que quiso llevar a cuestas para ver el mundo; viene de sobrevivir el asedio de la muerte, la soledad y el amor. Quiso “vivir entero hasta los ochenta” y fue feliz hasta preguntarle a Dios: “¿Es una más de tus pruebas, Dios mío?; no quiso que se le exhibiera en vitrina y prefería el rancho a los homenajes dados en la Rotonda de los Hombres Ilustres, por eso escogió Yuria para olvidarse un poco del mundo; supo ser amigo de los hombres comunes y corrientes y los enalteció hasta volverlos especiales; huyó de los grupos de escritores e intelectuales porque quiso seguir siendo su amigo y amándolos; odiaba las guerras y supo deletrear “el abecedario de las estrellas”; amó a la lluvia y la sintió sobre su piel para escribir sobre lo que se ha vivido y no para edificar construcciones poéticas perfectas; supo llorar en los eclipses y enojarse con Rosario cuando le dijeron que había muerto; llamó a los gatos “vigilantes del amanecer”; supo que el amor es una droga y que no vuelve nunca, sólo su sombra; supo también que un pedazo de luna “sirve para encontrar a quien se ama” y para mirar “lo que quieras ver”. Amó los riesgos, supo que su destino era la muerte porque “no retorna el polvo de oro de la vida”, supo antes de morir que “todo se hace historia, memoria y olvido”, pero al fin, poeta sabio, supo también que “el olvido es la sobrevivencia”.
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Por lobogabriel - 26 de Marzo, 2009, 16:26, Categoría: lecturas
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